Jerusalén

JERUSALEN (= «fundamento de la paz; posesión de la paz). Jerusalén se halla en una meseta sobre la cordillera central que constituye el eje dorsal de Palestina, en uno de sus puntos más elevados (800 metros sobre el nivel del Mediterráneo). Este promontorio esta cortado a su vez por una depresión llamada Tiropeón. El barranco oriental es el valle del Cedrón y hacia el este se halla el monte de los olivos. El monte orientado en direccion norte-sur es la colina del Templo, llamada monte de Moriah. En el valle del Tiropeón esta situado el estanque de Siloé. El valle de Hinom (de donde viene el nombre Gehena) va desde el extremo noroeste de la ciudad hasta el suroeste; de allí gira hacia el este, y se une con el valle del Cedrón. Al norte del templo se halla el estanque de Betesda. Los arqueólogos jamás han puesto en duda la ubicación de la antigüa Jerusalén, sino que se han concentrado en descubrir e identificar sus muros, puertas y lugares sagrados. Sin embargo, en el proceso surgieron algunas dificultades ya que Jerusalén había sido sitiada, capturada o destruida más de cuarenta veces, amontonándose las ruinas y los escombros unos sobre otros, por lo tanto en algunos lugares hay mas de once metros de diferencia desde el nivel actual del suelo hasta los niveles de las calles sobre las cuales Jesús caminó.

En 1838 el Dr. Edward Robinson descubrió un número de piedras curvas que formaban la curvatura de un arco de 13 metros de ancho que se proyectaba desde el ángulo sudoeste del área del templo. Algunas de las piedras que componían el arco medían hasta 8 metros de longitud. Y eran la porción de uno de los arcos que sustentaban un puente, el cual se extendía en tiempos de Herodes sobre el valle del Tiropeón y conectaba el templo sobre el monte Moriah con la colina occidental al otro lado del valle.

Años más tarde Charles Warren descubrió la base de un pilar que sustentaba el extremo occidental de ese mismo puente arqueado. Más abajo descubrió, a una profundidad de 7 metros, un antiguo acueducto de alcantarillado y que corría paralelo al valle del Tiropeón.

Sir Charles Wilson descubrió otro arco que se proyectaba desde la misma pared, pero que estaba a 171 metros al norte del arco de Robinson, aunque este era más completo ya que tenía veinticinco series de piedra. Según Josefo, por el lado occidental de la ciudad se entraba al atrio exterior del templo a través de cuatro puertas, de las cuales las dos puertas principales estaban en los puntos indicados por los arcos de Robinson y de Wilson.

En 1852 Joseph Barclay estaba caminando a lo largo del muro norte de Jerusalén y descubrió una cueva estratificada de piedra caliza que se extendía por debajo de la ciudad y hacia el sur cerca de 213 metros. Las marcas a lo largo de las paredes laterales y del fondo muestran el tamaño y la forma de las piedras de edificación que se extrajeron del lugar, de las cuales debe de haber allí decenas de miles. La roca es suave y blanca, muchos creen que esta fue la cantera de Salomón donde sus hombre moldeaban y adornaban las piedras antes de llevarlas a rastras al templo, ya que «cuando la edificaban, ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro» (1 Reyes 6:7).

En 1865 Warren y Wilson excavaron siete fosas de hasta 27 metros de profundidad en el valle del Tiropeón. Inspeccionaron las paredes subterraneas del templo y encontraron que estas habían sido edificadas principalmente con grandes piedras «bellamente trabajadas que encajaban juntas de forma asombrosa, siendo apenas imperceptibles las uniones». Estas piedras correspondían a la época de Herodes el Grande, o incluso anterior. Encontraron también un segundo piso a 7 metros por debajo del nivel del suelo actual. Y por debajo de este piso, desenterraron el sello de piedra de «Hageo, hijo de Sebanías», este profeta menciona tal sello en Hageo 2:23.

En 1880, algunos estudiantes estaban chapoteando en el estanque de Siloé, cuando uno de ellos vadeó unos 6 metros por dentro del conducto y descubrió algunas marcas peculiares, que parecían ser escritura. Cuando pusieron al corriente a su profesor, Conrad Shick, copiaron la inscripción que constaba de seis renglones escritos en hebreo antiguo. La inscripción decía como sigue:

«Ahora esta es la historia del perforado; mientras los excavadores estaban aún levantando sus picos, cada uno hacia su compañero, y mientras aún había tres codos por excabar, , se oyó la voz de uno que llamaba a otro,, porque había una grieta en la piedra, hacia la derecha. Y en el día que completaron el perforado, los cortadores de piedra golpearon pico contra pico, el uno contra el otro; y las aguas fluyeron del manantial al estanque, una distancia de 1000 codos. Y de 100 codos era la altura de la roca por encima de las cabezas de los cortadores de piedra» 

No se encontró ninguna explicación con la inscripción, y tampoco fue necesaria, ya que todas las autoridades concuerdan en que fue escrita alrededor del año 702 a.C, cuando Ezequías, rey de Judá «hizo el estanque y el conducto y metió las aguas en la ciudad» (2 Reyes 20:20) para conservar las aguas del manantial de Gihón para los moradores de Jerusalén, cuando estos fueran amenazados con invasión y hambruna por los asirios. El relato biblico y la inscripción están de acuerdo. La inscripción proporciona pruebas inequivocas de una escritura alfabética hebrea, que Isaías y otros profetas utilizaron para escribir mucha de la literatura más elocuente del mundo.

En 1871 Clermont-Ganneau recuperó una inscripción que había sido parte del templo de Herodes y que marcaba los límites más allá de los cuales ningún gentil se atrevía a pasar. Esta decía: 

«Ningún extraño ha de entrar dentro de la balaustrada alrededor del templo ni en el recinto. Quinquiera que sea atrapado será responsable ante sí mismo por su muerte inmediata» 

La inscripción aramea más larga de la época de Cristo fue descubierta por el profesor Sukenik en 1931. Decía: «Hasta aquí fueron traidos los huesos de Uzías, rey de Judá. No se abra».

La Biblia entera está salpicada de citas sobre Jerusalén, la Ciudad Santa.