Una iglesia de hormigas

La Biblia no dice mucho sobre las hormigas (en latín, formica). El libro de Proverbios se refiere a ellas como trabajadoras y prudentes (Pr 6:6-8), aunque débiles por sí mismas (Pr 30:25).

Algunas de sus características son las siguientes:
 
– Dieta: la mayoría son omnívoras, como nosotros.
– Longevidad: entre semanas y años.
– Agrupación: se reúnen en ejércitos o colonias y han colonizado casi todas las partes terrestres del planeta. Son insectos muy sociables que suelen vivir en comunidades organizadas y lo más importante para ellas es el bienestar de toda la colonia.
– Defensa: no tienen grandes mandíbulas ni penetrantes aguijones, pero son capaces de inocular ácido fórmico (como las ortigas) causando irritaciones y quemaduras.
– Comunicación: a través de una sustancia química llamada feromona, con la que van dejando un rastro que pueden seguir.
Su forma de trabajo y organización, caracterizada por la división y el reparto de trabajo, la comunicación entre individuos y la gran capacidad para resolver problemas (muy similares a las sociedades humanas), me llevó a pensar –y valorar– la importancia que tiene la unidad y la armonía en el pueblo de Dios, aspectos que lo identifican como tal y que están entretejidos a lo largo de las Escrituras.
 

La unidad en el Antiguo Testamento

Desde los albores del Antiguo Testamento podemos observar cuán importante era mantener la unidad en el pueblo hebreo. Su vínculo de unión eran principalmente tres cosas. En primer lugar, la adoración y alabanza a un único Dios verdadero, “Oye Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Dt 6:4); segundo, un único santuario (Dt 12:1-5), y finalmente la ley, que todo judío, de la tribu que fuese, tenía que obedecerla. De esta manera, sobre estas 3 bases, el pueblo de Dios se mantenía puro, santo, unido. Agradable a Dios. Sin embargo, desde bien temprano, podemos observar como la unidad de Israel se va debilitando y degradando poco a poco.
 

En tiempos de Josué, quien toma el relevo de Moisés, la tierra prometida fue conquistada y repartida entre las doce tribus. En esta época la unidad del pueblo era todavía permanente.

En los tiempos de los jueces, las tribus ya no se ponían de acuerdo entre sí, entablando batallas por su propia cuenta. Cada tribu iba por libre (Jue 21:25).

Durante la época de Samuel y los libros de los Reyes, el pueblo hebreo reclamó un rey, ¡qué insensatos! Teniendo a Dios como Rey de Reyes, prefirieron un rey humano. ¡Querían parecerse al resto de las naciones, cuando el propósito de Dios para su pueblo es que fueran diferentes al resto! Es el tiempo donde Samuel (el último juez y primer profeta de Israel) ungió como primer rey de Israel a Saúl. Luego vinieron otros reyes como David y Salomón, pero el corazón dividido de éste último condujo también a la división del reino (el norte para Israel y el sur para Judá).

Durante la etapa de Esdras y Nehemías, la división –y por tanto la debilidad– del reino permitió que otros imperios como el Asirio y el Babilónico destruyeran tanto Israel como Judá, mediante cautividades y deportaciones.

En el periodo intertestamentario comenzó unos cuatrocientos años de silencio durante los cuales Dios no habló, pero el hombre sí que lo hizo: medos, persas, griegos y romanos tenían mucho que decir y conquistar es esa época. Decadencia, sincretismo, mezcla… pecado, pecado y más pecado
 
¡Pero no todo estaba perdido!
 

La unidad en el Nuevo Testamento

Estando sometido a los poderes que dominaban el mundo, se cumplió el tiempo, y Dios envió a Su Hijo Jesucristo, para que nosotros también seamos hijos suyos y, por tanto, también sus herederos (Cf. Gá 4:3-7). ¡Qué bellas e increíbles promesas acontecerían a los hijos de Dios a partir de ese momento!
Jesucristo / Pedro. En plena efervescencia judeorromana Jesús le dijo a Pedro que Él “edificará su iglesia” (Mt 16:18).
Jesucristo / Padre. Jesús rogó al Padre por la búsqueda de la unidad de su iglesia (Jn 17:20-23). Pues la unidad entre el Padre y el Hijo es el verdadero modelo para la unidad de los creyentes entre sí.
Jesucristo / Espíritu Santo. Después de Su crucifixión, resurrección y ascensión, Jesucristo nos dejó en su lugar uno igual que Él, el Espíritu Santo y una iglesia que empezaba a tomar forma, donde, en su infancia, “todos perseveraban unánimes”(Hch 2:42); una iglesia donde imperaba la ‘común-unión’.
Jesucristo / Pablo. También el apóstol Pablo rogó por la unidad cristiana y la unidad del Espíritu (Ef 4:2-6).
 

La unidad perdida

De la misma manera que el pueblo hebreo perdió la unidad por causa de la idolatría y la desobediencia (el pecado, al fin y al cabo), la unidad de la iglesia comenzó a desmoronarse. Porque “herido el pastor, las ovejas del rebaño serán dispersadas” (Mt 26:31). Muy pronto surgieron herejías como los judaizantes de Galacia o el gnosticismo en Corinto. Más tarde aparecieron otras como el docetismo, monarquismo, arrianismo, etc. Y por si esto fuera poco, tenemos la profecía del apóstol Pablo a su fiel Timoteo (2 Ti 3:1-4) y la de Pedro (2 P 2:1) sobre la manifestación de falsos profetas y maestros.
 
Pero lo peor de todo es que la desunión en la iglesia cristiana es una señal de apostasía (nos alejamos de la verdad), perdemos “el vínculo perfecto que es el amor”(Col 3:14). Y “si no tenemos amor los unos por los otros dejamos de ser discípulos de Cristo” (Jn 13:35).
 
Tenemos en común la sangre de Cristo, hemos sido redimidos por Él. ¿Acaso somos enemigos? ¿Qué nos puede separar? Muchas veces nos tocará arrepentirnos, mirar nuestros corazones y mentes y compararlos con Jesús y la Escritura. Y donde no estén de acuerdo, somos nosotros los que debemos cambiar.
 

Hormigas y creyentes

Decíamos antes que las hormigas se defienden inoculando acido fórmico. Sin embargo, nuestro ‘acido fórmico’ es mucho más poderoso. Nosotros peleamos con “la Espada del Espíritu que es la Palabra de Dios” (Ef 6:16; He 4:12).
Decíamos que las hormigas se comunican con una sustancia química llamada feromona. Nuestra sustancia es espiritual, nos comunicamos con el poder del Espíritu Santo y Cristo es nuestro ‘perfume’. ¡Debemos estar perfumados con Cristo! Y es la marca imborrable que debemos dejar en toda persona.
 
También decíamos que las hormigas se agrupan en ejércitos. Nosotros, la iglesia, somos el ejército de Dios. Él ya ha apostado por nosotros y “somos más que vencedores por medio de Cristo” (Ro 8:37); ahora Filipenses 4:13 hay que decirlo en plural: ¡Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece!
 
Dios nos ha dejado a Su Hijo; Jesucristo nos ha dejado al Espíritu Santo; el Espíritu Santo nos ha ‘regalado’ dones (1 Co 12; Ef 4; Ro 12…) para “perfeccionar a los santos, para la edificación de la iglesia, hasta que lleguemos a la unidad” (Ef 4:12-13). Nos toca ahora hacer nuestra parte y usar, aprovechar, explotar estos dones para beneficio de la iglesia.
 
El proverbio (Pr 30:25) es cierto: las hormigas “no son un pueblo fuerte” –por sí solas o individualmente poco o nada pueden hacer–, pero “son más sabias que los sabios” (Pr 30:24b). Y es ahí, en su sabiduría, donde radica su fortaleza. No solo por su gran número, sino porque saben estar ¡UNIDAS! Trabajan en equipo, están coordinadas, son eficaces, tienen buena voluntad, están en ¡COMÚN-UNIÓN! y se aman unas a otras.
 
A veces pienso que las hormigas funcionan mejor como iglesia que nosotros los creyentes. Cuando observo a las hormigas pienso que ellas no tienen al Espíritu Santo morando dentro de ellas, como nosotros los creyentes; tampoco tienen unos dones específicos otorgados por el Espíritu Santo, como nosotros pero ¡cómo trabajan! Cuando vengan los problemas, los conflictos, los azotes, las opresiones… ¡yo quiero estar tan unido como ellas! ¿Tú no, hermano?
DIE
 
 
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